UN TRIBUTO AL CUERVOAlvaro Peña era un tipo muy sociable. Estuvimos con él en 6to o 7mo básico, por ahí. Su pasión eran los scouts, con los que hizo muy buenos amigos. En una ocasión salió adelante del curso y con una pachorra increíble para la época, cantó “sal de ahí, chiva, chivita, sal de ahí de ese lugar”. Debe haber llegado más allá del fuego, o del agua cuando lo hicimos callar a puros papeles en la cabeza, pero igual se dio el gusto de cantar.
Otro capítulo del cuervo fue su incorporación a la selección A de baby fútbol. En esa época usábamos una camiseta color calipso que decía Luis Campino en el pecho. Cuervo se garó el título de “Elías”, por el afamado central de todos los tiempos de Chile (seguramente fue bautizado por Rodrigo Vargas o Alfredo Ilabaca, dos maestros del sobre nombre). En cada partido se vestía, pero invariablemente iba a la banca. Eso no parecía importarle en lo más mínimo. Se conformaba con estar junto al equipo y vivir el partido con la ilusión de entrar en algún momento. Una vez entró, cuando estábamos en 7mo. Jugábamos contra un 5to y ganábamos como 9 – 1. Faltaban 5 minutos y el punto Olivares le cedió el puesto. Cuervo entró a la cancha y en la primera pelota que tocó se mandó una jugada espectacular. Hasta el pase final lo dio con intención futbolística. Entonces se ganó el apodo de don “Elías” y después de eso no quizo jugar más, seguramente para no empañar el buen desempeño de aquellos inolvidables 5 minutos.
Pero la anécdota por antonomasia del Cuervo no fue aquella que acabo de relatar, sino la de la vez que estuvo a punto de sacarse un 7 en matemáticas. Por aquellos años, el terror de los profesores era el guatón Nanjarí. El gordo nos hacía estudiar hasta a los que éramos más negados para los números (entre los que me incluyo). Tenía dos peculiaridades en su modelo educativo. Uno, revisaba las tareas cada clase, y el que no las tenía hechas, o el resultado del ejercicio no era el correcto, lo hacía a uno merecedor de un 1 coeficiente 1, acompañado de una senda comunicación al apoderado que la dictaba el mismo en el momento mismo de haber sido sorprendido. Su otra peculiaridad era que entregaba las notas desde la peor a la mejor, a viva voz. En una de las tantas pruebas, empezó a entregar las notas. Como de costumbre partió por los unos y fue subiendo décima a décima, hasta llegar a los tranquilizadores cuatritos. El mismo Cuervo se extrañó de no estar en la lista roja, dado que su fuerte no eran las matemáticas y acostumbraba sufrir en esa área del conocimiento. Mayor fue su sorpresa cuando pasaron los cincos y los seis. Aparecieron los Cuadra, Cereceda, Sánchez y nada. Cuervo balbuceaba entre los que lo apoyábamos que no le había ido tan bien, pero no se negaba a la posibilidad de haberle dado finalmente el palo al gato y matar el chucho de tantos rojelios en matemáticas. El último en recibir su prueba fue Renedo, quien como de costumbre se había sacado un 7. Entonces el gordo Nanajarí hizo una pausa y tomó una prueba que estaba en su escritorio. Sólo faltaba el Cuervo y todos estábamos ansiosos de que le entregaran su 7. Caminó hasta el centro de la sala, con la prueba en la mano e hizo la pregunta fatal: ¿De quién es esta prueba sin nombre? La excitación del momento anterior se transformó en un suspenso sepulcral. Alvaro se paró y miró sus garabateados números. – Es mía profesor – respondió finalmente. El guatón le puso su mano en el hombro y le dijo: Peña, un 1. Las risas brotaron al unísono. Hasta el propio Alvaro se mató de la risa. Nunca había estado tan cerca de sacarse un 7. Demasiado bueno para ser cierto.
Le mando un cariñoso saludo a mi amigo Alvaro Peña, con quien tuve la suerte de compartir su pasión por los scouts y de haber podido conocer su casa en Ñuñoa, frente al Estadio Nacional. Allí también conocí a su perro, llamado Marc Von Krosmann. Ojalá podamos encontrarnos en algún momento de la vida.
Hasta el próximo. No olviden mandar sus relatos, si se animan a tomarse unos minutos.
Lalo Batata


